martes, 6 de noviembre de 2007

El huevo cigota. Entrega 16

Donde la nena aprende el precio, pero no el valor de la soledad

La nena está sola. Está sola, pero no espera. Su infancia es un hueco de soledades lisas que las tías ocupan con juguetes, vestidos con florcitas bordadas y paseos al zoológico. La mamá es un cuerpo lejano que desconoce a qué huele. A los dos años, el rostro de la nena es delgado y lo ocupan por entero un par de ojos verdosos y profundos que miran con la avidez de quien sabe que hay un secreto que aguarda para devorarla o ser develado. La nena es rubia y tiene la cabeza poblada de bucles que Dominga le estira en una cola de caballo cuando el papá la lleva a Palermo a comprar un globo con forma de conejo.
La casa donde vive tiene un patio en el centro y seis puertas. Las dos que enfrentan la de entrada dan a la cocina y al baño. La de la derecha lleva al cuarto de los padres; las de la izquierda, a la sala y al cuarto donde la nena duerme. A la noche, si tiene miedo o se despierta, nadie oye cuando ella llama; así que, para dominar sus terrores acostumbra a cruzar de un tirón toda la noche. Pero más de una vez, esa costumbre se ha roto y la nena pasó la noche en vela. Abiertos los ojos en la oscuridad y el silencio, una voz infantil ha brotado en su ayuda.
-El cuento, -se dice- relatáme el cuento.
Y ella misma va diciéndose la historia que Dominga le narra una y otra vez. Siempre igual. Ni una palabra de más ni una de menos. Sólo en la repetición de la melodía verbal existe un recodo de seguridad en medio de un universo en el que la mamá grita, la mamá llora, la mamá se encierra en su cuarto y no quiere salir, no quiere hablar, no quiere comer, la mamá no quiere que el papá abrace a la nena ni que Dominga la lleve a la feria. Sólo los cuentos y el mundo que crece en su cerebro adquieren visos de realidad porque, sin duda, son más reconfortantes que esta casa donde todos obedecen a la mamá, inclusive el papá, y nadie parece saber que ella es una nena y vive también allí.

Intermezzo donde la nena le dice a la mamá
Querida mamá, mamá querida. Ahora te veo. Ahora no te veo. Ahora estás en el patio y te da el sol y sos linda como una reina. Ahora estás en el cuarto con la puerta cerrada y nadie puede entrar. Te enojás, mamá, y sos fea cuando te enojás porque no te ponés collares de colores en la cabeza y me mirás con ojos negros. Pero yo siempre me porto bien. Como toda la comida que Dominga me da aunque sea horrible para que vos te pongas contenta. Pero vos cerrás la puerta y yo no te puedo ver. Y voy a llorar. Siempre voy a llorar porque la risa se oye, mamá, y vos te vas a enojar si hago ruido. Yo no quiero que cierres la puerta y yo no te pueda ver. Y si las nenas no pueden ver a la mamá se ponen tristes y nadie las quiere, mamá. Nadie

Donde se retoma el precio que se paga cuando se todavía se desconoce el valor.
A veces el papá llama a la tía Perla. Rápido viene la tía y le prende a la nena un tapadito de lana color amarillo y la lleva a su departamento tan alto, donde no hay puertas que se cierran y todo se ve. La tía Perla tiene tazas celestes para el chocolate caliente y una mesa que sale de la pared. La tía Perla hace tostaditas redondas con manteca que se derrite si se la unta sobre el pan. Y cuando la nena desayuna las tostadas en la cama matrimonial, el papá vuelve a llamar, la tía le pone el tapadito de lana amarilla y la lleva a la casa donde la mamá está parada en la puerta de entrada, siempre más delgada que la vez anterior. Y la mamá la abraza tan fuerte que la nena piensa que ahora sí la mamá la perdonó; que, por suerte, la mamá la perdonó y debe portarse muy bien para que la mamá sea siempre feliz y nunca tenga que volver a encerrarse en su cuarto sin comer.

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