sábado, 4 de noviembre de 2006

Fin de semana salvaje

Empezó el viernes a las 21 horas en que me doy cuenta de que, a las once de la mañana, había dejado la tarjeta adentro del cajero automático. Inmediatamente se desata una escena típica de película norteamericana en la que veinticinco terroristas afganos desparraman un virus letal para atacar un supermercado en el que hay una maestra con quince niños rubios de una salita de jardín de infantes.
El sábado me despierto a las seis. Intento dormir, pero ya está: el cerebro empieza a moverse y no hay sueño posible. Prendo la computadora y Mónica está en el messenger. Son sus cinco, ¿qué hace esta mujer a esa hora en la compuadora? Llegamos a la conclusión de que somos dos boludas fenomenales: a esa hora yo escribo y leo una gramática española y ella escribe y edita un libro. Lloramos como idem varias veces a lo largo de la conversación. Ella se ríe jajaja y yo ja ja ja, lo cual implica una gran diferencia. Él duerme hasta la una del mediodía. Feliz él que puede. Yo ya estoy almorzando cuando se levanta, ya lavé ropa, limpié la casa, etc etc. A las 17 tomamos mate mirando Mallorca versus Valencia. A las 20 vamos para Belgrano y nos lo impiden las huestes que van a ver Soda Stéreo. Llegar nos lleva como una hora y media. ¡Qué felices somos todos! ¡Viva el rock, viva! Y encima estropean el césped del Monumental, les grita él fuera de sí.
Ceno con Cecilia, Alejandra y Fernanda. El imbécil del maitre nos pone en mesas separadas (pese a tener una reserva hecha a nombre de Bahr). Como el restaurante es grande tardamos en darnos cuenta que estamos esperándonos pero en mesas diferentes. Pido cordero y a mí no me gusta. ¿Por qué haré esas cosas? A las doce salimos. ¡No hay un miserable taxi! A la una y cuarto, muerta de frío y de embole, lo llamo para que me venga a buscar por Cabildo porque no logro conseguir un medio de transporte. Está durmiendo y en ese instante no le resulto nada simpática, pero es bueno y viene a buscarme.
El domingo me despierto a las ocho. ¡Iupi, dormí un montón! Él duerme hasta las once y media. ¡El siempre logra dormir más que yo! Preparo el almuerzo. Esta vez vemos Nalbandian versus Nadal. Pedimos helados en Volta y tardan cuarenta y cinco minutos en traer dos cuartos: supersambayón y chocolate con almendras para él y mascarpone con frutos del bosque para mí. Vemos San Lorenzo y mi Huracán. Empatan. Llama mi hermano desde Marsella para criticarme: ¿Cómo es posible que alguien con tanto estudio no sepa indicar bien cómo hacer una sopa de zapallo? Y yo digo: ¿Cómo alguien llama desde Francia para criticar a la hermana porque no entiende una receta? ¿Y la imaginación para reponer los pasos faltantes, eh? ¿Dónde quedó? A este turrito le está faltando una temporada en las barricadas del tercer mundo y va a ver si le quedan fuerzas para criticarme... Igualmente sigo queriéndolo -cada vez más- porque es lindo, simpático y piensa en ese idioma de mierda. Si en esta familia yo no velo por la pureza del español de Buenos Aires no sé adónde vamos a ir a parar. Él ya se puso la remera de River, la campera de River y la gorra de River porque hay sol fuerte. Se pone medias también , pero no de Ríver. (A la hora en que escribo esto, Ríver está perdiendo con Independiente... Ay, Dios, se va a deprimir). El Barrio Ríver está lleno de gente que va a ver el partido, me cruzo con dos o tres colectivos llenos de hinchas de Independiente que, cerveza en mano, gritan y cantan.
¡Y encima mañana tengo que ir trabajar!

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