domingo, 23 de diciembre de 2007

Mi ciruela

Se ha cumplido el tiempo. De un viaje a San Pedro, a falta de un naranjo (¡cuánto deseaba yo esos azahares...!), traje un ciruelo. Pasó la primera primavera y allí estuvo, mudo en mudez de árbol. Al despuntar el próximo septiembre, después de un frío invierno que nos trajo hasta nieve, se llenó de flores blancas. No eran azahares, sino dimuntas flores blancas de textura nipona. Cayeron los pétalos y seis capullos se transformaron en botones muy verdes que fue el sol morando en un color púrpura. Ayer, el viento volcó una Santa Rita y en su vuelo arrasó una ciruela de las seis que pendían madurándose al sol de diciembre. La bajé y la coloqué en una canasta como si fuera una niña prematura. Ahora, en el silencio y la frescura de este atardecer prenavideño, bajo el cielo que se vuelve él también una fruta morada y suave, he procedido a comerla y su jugo chorreo ácido entre mis dedos. Es mi ciruela, la de mi árbol, la de mis flores de cuadro japonés, la de mis subidas a la terraza para verla madurándose al sol, mi ciruela, la única ciruela sobre la faz del mundo que fue mía y la regué, la aboné, la cuidé, mi ciruela de macetón porteño y su jugo era dulce y sabroso y su carne, una explosión de turgencias violetas. Mi perfecta ciruela de un anochecer de diciembre: la primera, la única que tal vez recordaré. Ella es mi Combray.

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