martes, 18 de diciembre de 2007

Nadie habla

Hilos peregrinos de agua se sostienen como delicadas telarañas entre las hojas
y se filtran, lejanos, hasta caer en la tierra negra.
Recuerdo las alas de hueso de mi madre,
la magia terrorífica de su locura
y el vendaval incomprensible de su amor posterior.
Nadie habla.
La casa está sola en las primeras horas
aunque camine con pasos sigilosos entre las ranuras de la madera
y beba vasos de un líquido helado y verde.
Nadie habla.
Yo llevo una mordaza de tul bordado con lentejuelas amarillas
y evito los verbos que comienzan con "a".
Después llegan los textos escritos en hojas de nácar
y la pluma se desliza con su vuelo de piedra,
pero
nadie habla.
Mi padre construía ríos de plomo y tenía los ojos claros en el amanecer.
Al silencio habitual se le suma el repiqueteo de las gotas
como perfectas campanas de cristal azul.
Hay naranjas en las esquinas de las ventanas que dan al patio.
Sólo rumores de labios inmóviles y jabones de jazmín.
Mi hermano tiene ojos tristes en medio de su indefinida bondad.
Mi otro hermano es un caramelo ácido y huele a mar a la puesta del sol.
La aurora tiene dedos lilas y pálidos,
pero nadie habla.
Mis pies deambulan en la casa sola
y tocan los escalones que llevan a la terraza por la que deambuló ayer un gato negro al que eché.
Tengo una amiga en medio de un huracán
y cinco tazas de porcelana donde aprendí a servir el té.
A veces espero poder
pero no termino de aprender el límite de mi posibilidad.
Hace un calor de bordes controlables.
Nadie habla.
El silencio es una especie de felicidad
cuando las palabras ya mataron todo vestigio de comprensión.

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