lunes, 21 de enero de 2008

La casa de mi hermano

Por las ventanas de la casa de mi hermano entra la luz azafranada del atardecer marítimo y entre las copas de árboles, el sol del Mediterráneo abotarga de historias el aire cristalino. Tiene mi hermano lamparitas que parecen de cuento y una mesa en la que escribió palabras en una lengua que se le va haciendo esquiva. Mi memoria me trae aquellos habitantes de Macondo que pierden lel recuerdo de las cosas y deben ir anotándolas. Así anda mi hermano por el territorio francés de Marsella copiándose las palabras españolas para que no se le pierdan ni de la boca ni del alma. La casa de mi hermano tiene una cocina de paredes azules en las que penden ollas como en la mía. Tiene sillones de colores y dibujos y fotos... trozos de días que cuelga para no ir perdiéndolos y la mesa dice toros, boca, primavera, casa, libro, árbol. Y en el cuarto de su hija pequeña hay dos pantuflas rosadas, unos carritos de muñecas y un velador que gira hasta abrirse como una flor en su pantalla blanca. Nosotros dos, que no tuvimos reino cuando fuimos pequeños, tenemos casa y la luz entra por las ventanas -marsellesas las suyas y porteñas las mías-, y los granos luminosos del sol nos mojan con su boca de mares para acercarnos a los que estamos lejos.

Pablo: no sabés cómo me emocionaron las fotos de tu casa.

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