miércoles, 9 de enero de 2008

Lo que no pudo Franco

a Olga Becerra Vila
a Martha Miciano
a Cristina Duclós Miciano
a Gabriela Miciano
a Jaime Germá Besó

La guerra del 36 como un profundo navajazo nos partió, el océano lo había hecho algunos años antes y el tiempo terminó de hacer lo necesario para instaurar el olvido. Pero yo, de pequeña, copiaba poemas de Miguel Hernández en unos cuadernos de tapa azul y amaba a Federico y su llanto. Mi abuela cantaba saetas mientras freía rosquillas e intentaba que yo aprendiera a usar las castañuelas. Después todos murieron y Cádiz no fue un puerto sino tan solo un nombre con reminiscencias históricas. La vida continuó. Leí a Góngora, a Cervantes, al dulce Garcilaso, la Celestina. Viajé a España como quien recorre el mapa de un pasado que, de alguna forma, es el mío. Quise ser una judía expulsada en Toledo y una mora en la puerta de Elvira en Granada, pero fui solo Julieta Pinasco. Y un día la historia comenzó a mostrar los hilos que quedaron colgando: un hilo verde que se llama Olga y es una prima que ríe, allá, en Jerez donde había vivido y sufrido por la guerra la familia; otro es amarillo y se llama Martha, más tarde uno con gotas de pintura y acento madrileño que es Cristina, luego una prima del Palomar, Gabriela y, finalmente, un sobrino y ahijado de Teodoro que es Jaime. Franco no pudo, la historia siempre deja hilos sueltos y la memoria los busca para volver anudarlos y trenzar con ellos el tejido de ese otro relato que siempre está porque estamos volviendo, porque, aunque los hechos digan lo contrario, no pasaron.

1 comentario:

Anónimo dijo...

Me encanta leer las cosas que escribes
Jaime

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