Lo que no pudo Franco

a Olga Becerra Vila
a Martha Miciano
a Cristina Duclós Miciano
a Gabriela Miciano
a Jaime Germá Besó

La guerra del 36 como un profundo navajazo nos partió, el océano lo había hecho algunos años antes y el tiempo terminó de hacer lo necesario para instaurar el olvido. Pero yo, de pequeña, copiaba poemas de Miguel Hernández en unos cuadernos de tapa azul y amaba a Federico y su llanto. Mi abuela cantaba saetas mientras freía rosquillas e intentaba que yo aprendiera a usar las castañuelas. Después todos murieron y Cádiz no fue un puerto sino tan solo un nombre con reminiscencias históricas. La vida continuó. Leí a Góngora, a Cervantes, al dulce Garcilaso, la Celestina. Viajé a España como quien recorre el mapa de un pasado que, de alguna forma, es el mío. Quise ser una judía expulsada en Toledo y una mora en la puerta de Elvira en Granada, pero fui solo Julieta Pinasco. Y un día la historia comenzó a mostrar los hilos que quedaron colgando: un hilo verde que se llama Olga y es una prima que ríe, allá, en Jerez donde había vivido y sufrido por la guerra la familia; otro es amarillo y se llama Martha, más tarde uno con gotas de pintura y acento madrileño que es Cristina, luego una prima del Palomar, Gabriela y, finalmente, un sobrino y ahijado de Teodoro que es Jaime. Franco no pudo, la historia siempre deja hilos sueltos y la memoria los busca para volver anudarlos y trenzar con ellos el tejido de ese otro relato que siempre está porque estamos volviendo, porque, aunque los hechos digan lo contrario, no pasaron.

Comentarios

Anónimo ha dicho que…
Me encanta leer las cosas que escribes
Jaime

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