miércoles, 9 de enero de 2008

Los hijos de mi hermano

Son gotas de mi sangre.
Gotas llenas de lentejuelas de colores que giran en el sol.
Gotas que tintinean en el viento caliente de la tarde.
Gotas que se estremecen debajo de la piel que se besa.
Gotas que me recuerdan cómo era ser madre.
Gotas que cantan, que gritan, que lloran.
Gotas que se apoyan sobre el pecho y se duermen al calor de la siesta veraniega.
Gotas que humedecen mi alma reseca de ternuras.
Gotas que aprendo y bebo como si me bebiera a mí misma de niña.
El cuerpo es un enorme corazón que va latiendo
y se abraza ante el río que nos separa como un desgarro.
Los hijos de mi hermano recuperan un trozo de pasado
y lo atan con globos en el cielo transparente del futuro.
Son hijos sin cuestiones,
que están,
que dan sólo alegría sin pesares,
que parten y una llora lágrimas de pena
y sueña con el próximo encuentro en que serán unos meses más grandes.
Los hijos de mi hermano son la familia que yo tengo,
son gotas de mi sangre que me anidan
entre los huesos
junto a las manos
bajo los besos.
Son gotas de mi sangre.

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