miércoles, 20 de febrero de 2008

Desierto

Mórbidos en medio de la nada se estremecen como llantos de iguana.
Sólo el sol, vidrio clavado en el cemento desnudo, chapotea en la hora desdichada.
El paso fue extensivo,
inabarcable,
inapropiado,
improcedente,
y los cristales,
ciegos de luz, despojan el día de significados.
Nadie recuerda ya el sentido que envolvía la tarde atardecida
ni los dedos rosados de la última aurora.
En el filo crucial del horizonte
se habían sentado a dormitar otras estrellas.
Al rato, una brisa brutal lo barrió todo.

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