domingo, 3 de febrero de 2008

La Gare d'Austerlitz

Bajo la lluvia. Sola. Esperando ese tren que atravesará Francia hacia la nada. Hace frío en un enero que siempre es más cruel que abril. Se resbalan los recuerdos en la tristeza inútil que me gana y que impide cierto modo de la felicidad. Hojeo libros, revistas, tomo de pie un café y construyo los sueños que me darán luz. Se componen siempre de lugares a los que yo llegué con las letras que me habitaron desde siempre: París y sus cementerios sinuosos donde lloré por Proust, una ciudad en España de donde salieron mis ancestros cuando el siglo era todavía un ovillo que no se sabía teñido de sangre, una ciudad costera en el Mediterráno que debe oler a sal, Ginebra donde hablaré con Borges -es urgente saber si el paraíso tenía, finalmente, forma de biblioteca-, Sicilia con sus olivos y sus cielos y el Egeo en todo su esplendor. Cada cual tiene sus sitios, los componen la esencia de su felicidad. En la gare el café sabe a silencio y mis ojos están más allá y miran sin ver. Recuerdo que la mía supo a baguette de pollo en una esquina del Boulevard Saint Germain y a sol cayendo a pleno en el patio del Museo de Clunny. No pido nada más. Sólo poder volver. Siempre poder volver a la gare d'Austerlitz, a esa lluvia, a esa soledad, a ese café con gusto a despedida y a un tren devorándose la noche hacia otro sitio que se desea conocer.

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