domingo, 16 de marzo de 2008

Francisco de Quevedo dice

En crespa tempestad del oro undoso,
nada golfos de luz ardiente y pura
mi corazón sediento de hermosura,
si el cabello deslazas generoso.
Leandro, en mar de fuego proceloso,
su amor ostenta, su vivir apura;
Ícaro, en senda de oro mal segura,
arde sus alas por morir glorioso.
Con pretensión de fénix, encendidas
sus esperanzas, que difuntas lloro,
intenta que su muerte engendre vidas.
Avaro y rico y pobre, en el tesoro,
el castigo y el hambre imita a Midas,
Tántalo en fugitiva fuente de oro.
de Quevedo, Francisco. Obras completas I. Poesía orig

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