domingo, 30 de marzo de 2008

Inicio


a mi madre, dorada Clitemnestra en su propia locura

Una vez,
sólo una vez,
en la carne se abrió el pasado de lo que yo debí haber sido
y me quedé con esa imagen de fragmentos
de la que fui perdiéndose en la que soy.
Nunca estuviste allí:
siempre con la mirada y la piel estando en otro sitio,
en otro los abrazos y los besos,
en otros las caricias y los juegos;
y yo dormida en la cuna vacía de la sombra
donde todo quedaba lejos,
tan lejos que nadie podía encontrar (lo/me).
¿Quién era yo, mamá, en la oscura materia de tus sueños?
¿Quién era el manojo de sangre
que no quisiste
siquiera alimentar
cuando era parte indisoluble de tu cuerpo?
¿Quién era yo para albergar la muerte
cuando estaba en tu cuerpo
y me abría
como una inédita flor solitaria y vacía?
Nadie dijo nunca mi nombre en labios de pétalos,
nadie dijo cuál era el deseo que me había alumbrado
y allí estaba,
gimiendo,
pagando en abandono
la luz que no había sido,
el amor que se iba,
el deber que volvía,
y fui culpable siempre,
sin juicio,
sin defensa,
condenada al silencio que poblé de fantasmas,
de princesas,
de gritos.
¡Qué sola me dejaste cuando estaba en tu vientre
y no había , ni un dios que me llevara a su reino de eternos imperfectos!
Yo busqué congraciarme;
pero era voraz el rito que exigías
y no hubo don que calmara tus retos
ni plegaria que pudiera aplacarte
como una dádiva amorosa y divina.
Eras la boca devoradora de mi carne.
Lo fuiste antes.
Lo sos ahora.
Y ése fue el inicio.

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