viernes, 21 de marzo de 2008

Mañana de viernes en Parque Chas


Voy a la panadería a las ocho. Me gusta el barrio los días sin trabajo y temprano. Duermen todos y el silencio es profundo, pero está lleno y listo para poblarse de sonidos. Es el primer día del otoño, pero es casi verano. En las calles circulares se oye el canto aserrado de la chicharra anunciando el calor y el cielo está azul y duro. Junto a las puertas de las casas, detrás de las rejas que resguardan los jardines, dos perros duermen con las patas para arriba en pleno goce de su felicidad. Un par de gorriones, menudos y marrones, saltan en las veredas y un benteveo de pecho amarillento salta hacia unas ramas. Las palomas se arrullan en los cables de la televisión. La calle está vacía, apenas un par de autos que pasan de vez en cuando. La empleada de un almacén habla por teléfono y se la escucha desde la vereda de enfrente. Un niño grita tía, tía y me acuerdo de Luca. Es como si todo recién se hubiera hecho: así de nuevo y fresco parece el mundo. En la panadería, la panadera me da el vuelto en monedas para completar la felicidad del Viernes Santo. Las campanas de Santa Teresita parten el silencio en dos. Cuando regreso, están levantando las persianas metálicas del mercado y un grupo de vecinas aguarda con sus bolsas y changos que se cumpla la ceremonia para poder entrar. Parecen coros a la espera del episodio que está por comenzar. Mi llavero de corazones asemeja un rosario fucsia en medio de los colores de la mañana sagrada. Cuando abro la puerta, el gato del vecino maúlla su lamento de amor. Alguien le grita para que se calle, pero la naturaleza no sabe de mandatos humanos ni siquiera en la ciudad. Los perros se despiertan y ladran. Todo ha comenzado a andar.

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