miércoles, 19 de marzo de 2008

Quince


Como podría haberse arrodillado en el confesionario de una Iglesia, ella leía a Lenin para saber si debía acostarse con su novio. Y por las noches, en la ventana de la ferretería de Holmberg y La Pampa el corazón le latía apresurado, fuera de todo. El mundo era una fruta intacta, jugosa y llena de dolores prematuros. Los libros no siempre traían las respuestas a todos los deseos ni a los miedos y él, un día, le regaló un poema de Neruda en el asiento de atrás de un colectivo cuyo número se ha borroneado con el tiempo. Después lloraron en sus cuartos respectivos. El cuerpo había burlado sus profundos mandatos porque se había antepuesto la conciencia hecha de dudas y preguntas absurdas. Los años enseñaron otras cosas: el amor y el deseo no siempre se amontonan en jubilosa algarabía. A veces van por sendas separadas y desde lejos, saludan, divertidos, a los textos. Piel, corazón, cerebro: menuda trinidad en la que filtra el tiempo.

2 comentarios:

Anónimo dijo...

Te quiero mucho, pero mucho...

Lucas Cardozo dijo...

Juli, me encanta lo que escribis..
Y no te ví ni lunes ni amrtes, nuestras respectivas clases de lengua.
Ahora me entero que tenes anginas. Espero que te mejores para poder disfrutar del find e semana largo y de las pascuas con muchos chocolates.
Te quiero, Lucas

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