viernes, 25 de abril de 2008

Adolescer en el 133

Iban sentadas una junta a otra. Tenían la misma edad aproximada: no más de dieciséis. La del lado de la ventana abrió su mochila rosa con estrellitas apoyada sobre una carpeta celeste con tres mariposas de brillantina. La otra acomodó su MP3 arriba de una mochila negra con tachas y pins de colores con caras de manga japonés. La de la ventana con unos dedos largos de uñas cuidadas y esmaltadas y repletos de anillos sacó un espejito. La otra se mordió las puntas de unos dedos en los que ya ni uñas habían quedado. La primera sacó un labial de pincelito y mirándose en el espejo se aplicó brillo sobre unos labios abultados. Se retocó el pelo sujeto con una flor de tela fucsia y una cinta de cuerina del mismo color que fingía un moño que le caía sobre la frente. Después se acomodó un par de aros que colgaban cinco centímetros del lóbulo y guardó el espejito. La otra, pálida y con una gruesa línea de rimmel en el párpado inferior, mordisqueó el aro que le atravesaba el labio y se acomodó el flequillo renegrido que le nacía en una raya casi sobre la oreja izquierda y moría, cubriendo la línea de los ojos, en la oreja derecha. La primera se estiró la remera roja de pronunciado escote y el saco marrón ajustado a la cintura pequeña que se abría hacia una generosa cadera. Se puso de pie con unos jeans que tenían bordados una corona dorada en el bolsillo trasero y pasó taconeando. La otra le hizo lugar para que pasara y se puso de pie tras ella: desgarbada, siete kilos menos, una remera negra suelta con inscripciones rojas, pantalones finitos y unas all stars negrísimas. Bajaron una tras otra por la puerta delantera en compartida trasgresión de las reglas y caminaron por Olazábal sin mirarse hacia una escuela.
Yo me quedé con la vista clavada en el asiento vacío mientras pensaba en ese maremoto llamado adolescencia que precisa de tantos signos exteriores que lo contengan. Pensé en mis dieciséis que no fueron ni siquiera dulces: pensé en 1976 y en los amigos que no están.
-¿Se sienta?-preguntó una señora.
-¿Yo? ¡No, ni loca!- No fuera a ser que volvieran a mí los manes de esa época terrible.

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