jueves, 10 de abril de 2008

Lluvia


Aún no llueve. El aire está espeso y oscuro, con miles de mariposas violetas girando sin sentido en busca de una trascendencia que nunca tuvo el vuelo. Hay cientos de luces a lo lejos que parpadean enrojecidas, pero aún no llueve. El aire es una costra densa que se adhiere a la piel como una capa de tormentos. Hubo, sin embargo, un antes en el que los corpúsculos azules del oxígeno flotaban como pompas exactas de destellos fosforescentes en medio de la noche fresca, impalpable, etérea. Y sonaban entonces a lo lejos livianos sonidos de cristales movidos por el viento. Pero aún no llueve. En una esquina cualquiera de todos mis silencios aguardo con un paraguas rojo que comience, que el agua borre la faz de las desdichas, que limpie el mundo, que traiga talismanes de colores, que pueda yo pensar que lava las heridas, que refresque en medio de los ríos donde navegan las velas azules de la tarde. Pero aún no llueve y espero que acontezca y se llenen los charcos y rebalsen y se inunden las horas con todo sus minutos y segundos hasta que caiga la última gota, esa que sabe a transparencia. Y luego salga el sol como si fuera nuevo, como si fuera siempre, como si fuera ahora y yo pueda dormir a la espera de la tormenta siguiente que continúe el rito en que el mundo se limpia, se inaugura y recomienza: que sea otra vez la efímera alegría de los puros, la verdadera fiesta.

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