sábado, 19 de abril de 2008

A mon seul désir







A mon seul désir... me dice ella desde la penumbrosa sala en que descansa desde hace siglos. Y yo, que ya lloré sola en medio de esa luz irreal que la rodea, iré a su reencuentro, bordeada de colores azules y rojizos. Ellas me esperan. La dame et la licorne están allí y saben que yo vuelvo para sentarme otra vez en ese banco, en la oscuridad con que la sala protege la perdurabilidad de sus colores para decirme, con la voz clara de las alegorías medievales, que los sentidos son la puerta por la que entran todos los deseos. Ella me dice que el deseo puebla los corazones de animales fantásticos, que el unicornio es una bestia etérea que apoya las patas en su falda y su cuerno es de suave marfil en la yema profunda de su tacto. Ella me dice que el deseo acerca los mundos familiares y los conejos, los perros, los pájaros se posan en los hombros y duermen con la templaza de una vida buena. Yo sé que, en las termas de Clunny, después de andar por jardines perfectos, de ver vitrinas con peines, con cofres, con rosas de oro, ella me aguarda arriba, en ese cuarto en que pende en tapices de gruesos hilos, para decirme "á mon désir" y volveré a llorar con la emoción con que mi alma reconoce la belleza y el pasado que consiguieron los hombres.

1 comentario:

Norah dijo...

Con respecto a "A mon seul désir" solo me remito a unas palabras de Marcel Proust:
(...)Pero más tarde comprendí que la seductora rareza y la
hermosura especial de esos frescos consistía en el mucho espacio que
en ellos ocupaba el símbolo, y que el hecho de que estuviera
representado, no como símbolo, puesto que no estaba expresada la idea
simbolizada, sino como real, como efectivamente sufrido, o manejado
materialmente, daba a la significación de la obra un carácter más
material y preciso, y a su enseñanza algo de sorprendente y concreto.(...)

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