lunes, 5 de mayo de 2008

Viajes

a Mariano, Luca y Miranda
a Pablo y Maïa


Contrariamente a todo lo esperado no permanezco quieta. Me desplazo -y aún más grave- en busca de otra gente. Algo cambia: yo, la que tiene bastante entre cuatro paredes y dos tapas, la que puede vivir sin salir a la calle extensas temporadas, yo... me desplazo. En tres días un barco me lleva al otra lado del ancho río; en cuatro meses un mucro me deposita al pie de una cadena montañosa, en más de medio año un avión me ayuda a cruzar un océano. Y todo para buscar a otros, para abrazarlos. Es extraña la sangre: todo me fue quitado, todo se había muerto y paso a paso lo fui reconstruyendo, paso a paso puse palabra y gesto para volver a aquello que alguna vez nos había unido a mí y a ellos. Porque era cierto que en medio del vendaval de gritos y lamentos que llamábamos madre, en medio de los globos rojos y las tardes de domingos y kartings que imponía mi padre, nosostros tres estábamos mirándonos. Era la forma más exacta que solía vestir mi ternura, la que aprendí entonces: proteger a los débiles, a los que todavía no entendían cómo era que aquello era una vida. Mis hermanos se tuvieron a ellos y yo los tuve distante y encerrada en mi cuarto. Y ahora salgo, voy a buscarlos aunque vivan en territorios ultrafluviales, aunque habiten allende los océanos. Ellos me dieron tres sobrinos y los chicos no saben. Son siempre territorios en los que no mellan todavía los antiguos recuerdos. Entonces llevo regalos envueltos en papeles brillantes, bolsas de golosinas, libros de cuentos. Todo a cambio de nada. O quizá sea nada a cambio de todo lo que ellos siempre tienen para darme.

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