viernes, 13 de junio de 2008

Almuerzo en la hierba

Cuentan quienes saben de mi vida que mi padre volvió a la casa conyugal cuando yo nací y -agregan- que mi abuela aceptó a mi madre cuando me vio de tapadito tejido esperándola tres años más tarde. Difícil lugar nos ha legado a ella y a mí la historia familiar. A ella no la fijó en el lugar de la mujer sino en el de la madre y a mí me reservó la misión de ser amalgama de una superestructura nebulosa denominada familia. Mi madre supo resistir y se sumergió en el universo tenebroso de su propia locura: nadie la había querido como hija, nadie la elegía como mujer; ella, entonces, no iba a darles el gusto de ser madre y no lo fue siempre delegando los instantes en hermanas, criadas y en la tenue superficie de sus huracanes suicidas y destructores. A mí me tocó reunir y me dedico con fidelidad y entrega a la tarea, siempre inmersa en la nostalgia de una mesa larga debajo de una parra como si hubiera en mi impronta genética una memoria que me dice que la familia era un espacio de recóndita felicidad que nunca supe tener y siempre estoy deseando conseguir. Mis hermanos, más sabios quizá, están lejos; y yo voy y vengo creando un vínculo casi transparente que cruza aguas. Mi padre es una memoria sutil que busco rescatar de los hachazos acerados del olvido. Algún día convenceré a los míos -los que están y los que ya se han ido- de festejar con un almuerzo en el campo mientras la brisa mueve los manteles y la sobremesa se prolonga con los niños que corren sobre la hierba verde. Ese día cerraré los ojos y aspiraré el perfume de la felicidad.

2 comentarios:

Anónimo dijo...

yo me apunto a hacer la foto

Juanca dijo...

dejame buscar:pero yo esa foto la tengo, no en la hierba sino el el patio de tu casa de Chacarita.
¿Mónica vos no tenes una copia?

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