viernes, 6 de junio de 2008

Encrucijadas

Edipo partió de Corinto porque Apolo -que todo lo sabe, pero gusta decirlo a medias- le había anunciado que mataría a su padre y se casaría con su madre. Tebas tenía siete puertas en las fértiles llanuras de Beocia y, en una encrucijada, Edipo tomó la decisión que lo instalaría para siempre en la ruta de su destino. Apolo lo sabía y, con su astucia divina y sus ambiguas palabras, lo enfrentó a lo que habían decidido en asamblea de inmortales a la que nadie invitó al único interesado en discutir los proyectos que se barajaban para sus días. Edipo colmó en esa encrucijada la suma de todas sus futuras desmesuras y eligió -sin saberlo, que al fin y al cabo para eso era un héroe trágico- su futuro. Ya no veían sus ojos lo que los dioses tenían entre manos para herirlo porque la vida es una narración que adolece de faltas gravísimas, entre ellas, que nadie recoge los pedazos para darles sentido. Desesperados, los hombres tratamos de entender la trascendencia que no existe ni remota y, como Medea, nos vengamos asesinando lo que creemos más querido para encontrarnos en cada encrucijada con las manos y los gestos vacíos.

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