sábado, 28 de junio de 2008

Jamás se me ocurriría

Me trajo Maru Mori un par de calcetines que tejió con sus manos de pastora, dos calcetines suaves como liebres. En ellos metí los pies como en dos estuches tejidos con hebras del crepúsculo y pellejo de ovejas. Violentos calcetines, mis pies fueron dos pescados de lana, dos largos tiburones de azul ultramarino atravesados por una trenza de oro, dos gigantescos mirlos, dos cañones: mis pies fueron honrados de este modo por estos celestiales calcetines. Eran tan hermosos que por primera vez mis pies me parecieron como dos decrépitos bomberos, bomberos indignos de aquel fuego bordado, de aquellos luminosos calcetines. Sin embargo resistí la tentación aguda de guardarlos como los colegiales preservan las luciérnagas, como los eruditos coleccionan documentos sagrados, resistí el impulso furioso de ponerlos en una jaula de oro y darles cada día alpiste y pulpa de melón rosado. Como descubridores que en la selva entregan el rarísimo venado verde al asador y se lo comen con remordimiento, estiré los pies y me enfundé los bellos calcetines y luego los zapatos.
Y es ésta la moral de mi oda: dos veces es belleza la belleza y lo que es bueno es doblemente bueno cuando se trata de dos calcetinesde lana en invierno.

Neruda, Pablo, Odas elementales, Obras completas II, Buenos Aires, Losada, 1973

Que conste en actas, escribano. Y lo demando por injurias y daño moral.

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