Milagro de una tarde en el Museo del Holocausto


Son revoltosos, nunca quieren hacer nada, me enojan, no logro llegar a ellos, molestan, charlan, me exasperan. Les hablo de mil maneras diferentes para ver si se conmueven y alguna vez me dejan dar una clase completa. En un acto de absoluta inconciencia pido una salida para ir al Museo del Holocausto. Voy vencida de antemano, pensando y creyendo que no tiene sentido. ¡Si ni siquiera leyeron el Diario de Anna Frank...! -me digo desalentada. Previendo la catástrofe y la vergüenza, subo al micro y les digo: "Vamos al Museo, les pido respeto. No es el Museo de una comunidad religiosa, no murieron seis millones de judíos, murieron hombres, niños, mujeres, adolescentes como ustedes, que pertenecían a la humanidad. Vamos a un Museo que conmemora un hecho luctuoso de toda la humanidad. Sean respetuosos, por favor." Y me siento en el primer asiento a leer, desesperanzada de que mis palabras hubiesen prendido en ellos. Pero, como siempre, los adolescentes me sorprenden. Bajan del micro con una actitud reverencial, siguen a la guía como quien entra a un templo, hacen preguntas, opinan, dicen muchos "¿por qué?", hacen acotaciones y advertencias que más de un neonazi haría bien en escuchar. Están atentos y quieren saber. Después subimos a la segunda planta y durante casi una hora y media un sobreviviente de más de ochenta años, Juan, les cuenta su vida. Cuando yo creo que están hartos de ese extensísimo relato, levantan la mano y hacen preguntas. Al salir, el más disperso del aula me alcanza y me dice: "Un capo este Juan." Vuelvo hablando con Malena sobre Dios y la religión. Estamos regresando casi veinte minutos después de su horario de salida habitual, pero nadie se quejó. A veces me olvido de que la conciencia trae aparejados milagros. Hoy viví uno de ellos y agradezco a mis alumnos por permitirme creer que siempre hay posibilidades para este mundo, que siempre podemos intentar volar como esas mariposas que ya no estaban en Lodz.

Comentarios

Anónimo ha dicho que…
Mierda, Pinasco, no me hagas llorar tan temprano.
Mónica
Anónimo ha dicho que…
julieta, nuevamente aparece tu "esencia sutil de azahar", esa que converge en la maestra que siente a sus alumnos un poco hijos también, ese azahar que es cortado cien veces, mas se apresura a florecer, solo por el placer de ser parte de otra primavera.
si al menos una de muchas maestras te leyera, seguro que tendríamos alumnos mas cercanos y felices.
con una gran cuota de admiración. te sigo leyendo desde el otro lado de Los Andes.
abrazos desde nuestra ruca azul.
tole

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