sábado, 12 de julio de 2008

Athos, Porthos, Aramís...y D'Artagnan

Son tan distintas. Soy tan distinta con cada una de ellas como si fuera otra en cada charla. Alejandra es como una madre, la que no tuve, la que hubiera querido tener: se preocupa de que coma, de que esté abrigada, de que no esté sola en las fiestas de fin de año. Como buena hija, me enojo con ella, a veces la trato mal, soy caprichosa... y me lo permito porque, como una verdadera madre, su amor es incondicional y, a la larga, todo me lo perdona. Me ha visto llorar, gritar, deshacerme de dolor. Siempre me ve capaz, brillante y creativa. Como una buena madre cree que soy la mejor y me devuelve una imagen mejorada de mí misma. Me tiene un amor protector y paciente. Soy la hija díscola, la que hace lo que ella ni siquiera se atreve, me encanta escandalizarla cuando me recomienda qué ropa usar, qué zapatos ponerme. Cuando la noche se hace larga y estoy cansada, apoyo mi cabeza en su hombro, ella me abraza y podría ponerme a dormir con la absoluta confianza de que me cuidará. Fernanda es la bondad que no tengo, que jamás tendré, que ni siquiera pretendo. Soy su hermana mayor y ha llorado conmigo cuando la vida la desborda y no puede resitirla con serenidad. Es sensible y profunda, tiene la suavidad de que carezco y la sabiduría de espíritu que no practico. Cuando emprendo viajes, ella me trae libretas para que yo escriba y siempre me dice que es mi momento aún en los que han sido los peores, dándome la esperanza que, en ciertas ocasiones, yo no puedo tener. Cecilia y yo somos, quizás, más parecidas: el mismo índice de acidez en el pensamiento y la palabra, el mismo humor -negro-, la misma mala espina. Somos "semejantemente" retorcidas, con la excepción de que yo monto una tragedia clásica y ella se recluye en el despojo medieval del siglo XII: tan románica la una, tan aquea la otra. Aparte de eso, hablamos casi media hora diaria por teléfono acerca de la nada, controlamos que cada una subsista medianamente entera a la vida, nos oímos porque oír a la otra a veces es como oírse a una misma. Le corrijo lo que escribe sobre sus monjitas de San Pelayo y me trae la bibliografía que necesito para completar mi carencia de historia. La he abrazado pocas veces, ni siquiera en ese terrible momento que le tocó atravesar el año pasado; sin embargo, ella sabe que estoy, simplemente porque yo sé que ella está. A las cuatro, la vida nos cruzó en un patio de escuela en el que sólo subsistimos Cecilia y yo y ni recuerdo qué circunstancia nos acercó: alguien era amiga de alguien y un día fuimos festejar, creo, el nacimiento de un bebé. No recuerdo dónde fue, si era cena o fue merienda. Desde ese día ellas están, tan distintas, tan necesarias, tan mías que no puedo imaginar cómo sería que no estuviesen. Cuando este año viaje, sé que en todo momento pensaré "si estuvieran acá". Y ni siquiera tengo una foto de ellas para ilustrar este acto de amor.

3 comentarios:

Anónimo dijo...

Ya cayó la primera lágrima y me dieron ganas de abrazarte, ya sé que dirás: "como una buena madre" y no te equivocarás... Un besote y la próxima llevo la máquina... Qué vergüenza, en la era de la tecnología y ni una fotito;)

Anónimo dijo...

Tal cual, tanto tiempo juntas y ni una fotito. Y vos no carecés de nada...la vida también te ha hecho sensible y profunda (aunque no lo reconozcas). Adopto sin reparos lo de "hermana mayor", trato hecho, no acepto devoluciones. Te quiero.

Anónimo dijo...

July: ambas sabemos que estamos, aunque yo no lo pueda escribir. ¿Con quien voy a hablar cuando te vayas? Ya te estoy estrañando.
Cecilia

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