lunes, 28 de julio de 2008

Encrucijadas 2

Estábamos de más, te dije y tu voz se adelgazó hasta ponerse triste. Sólo pedí unos días, dije y me dijste que te sentaba el lugar de la víctima. Nadie ha dicho nada que fuera grave sino tan sólo que los días se han hecho una sustancia pegajosa e inexacta. Cuando te vi, como cada vez que eso sucede, sentí alegría; pero a vos no te alcanzó con mi pura sensación. Cada vez, otra vez, necesitás los ritos del recibimiento porque decís que eso es lo normal. Sonrío lejana para evitar la furia que me crece por dentro a la sola mención de lo normal. Recuerdo a mi padre que trazaba líneas imaginarias que dividían lo normal de lo anormal y siempre quedábamos, mi madre y yo, del lado de lo que era relieve abrupto, escarpada cornisa y los lobos que aullaban en la madrugada del frío polar. Siempre fue así: a mí me gusta lamer el cuchillo con que unto las tostadas, quedarme en silencio en horas inusuales, dormir temprano y donde sea, ser llana y hasta desagradable, pensar y repensar hasta el hartazgo cada cosa que pasa en mi cuerpo y en mi corazón. ¿De qué otra cosa podríamos hablar? No tengo cascabeles ni serpentinas ni papel picado cayendo como lluvia, sólo una mirada peligrosa para desnudar. Y cuando pedís con insistencia sólo me empeño en negar. A esta altura, deberías saber y aceptar lo que yo soy sin pedirme que sea la señorita que se sienta a beber el té con cucharita de plata y festeja tu llegada como vos deseas. Esto es así, aunque te quiera, te espere y no desee que suceda lo que los calendarios anuncian que podría suceder.

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