jueves, 3 de julio de 2008

La princesa de la calabaza.


Son las nueve y media de la noche de un invierno leve -como el ala del abanico de Rubén Darío-. En la cocina, la olla llama con una voz naranja de zapallo. Debo beber mi sopa, la pócima que evitará que al caer las doce me convierta en princesa. ya todos saben que no hay nada más incómodo y desastroso en la vida que ver llegar las doce sin poder evitar la mutación siniestra. ¿O acaso me imaginan en esas largas cenas de manteles de Holanda y vajilla de plata donde a nadie se le ocurre servir calabazas asadas? ¿O acaso me supondrían capaz de tolerar los infinitos besamanos donde yo -justo yo-debería ser amable, atenta, educada y, encima, cual si no fuera ya bastante, saludar a gente y gente y gente? No, definitivamente no. No es para mí que ceno mientras leo, que me baño con la puerta abierta, que duermo sin zoquetes ni piyama de seda, que me levanto al alba para que sobre siempre tiempo para nada, que me olvido las más de saludar a las personas que se suelen ofenderse cuando no me conocen, que soy hiriente cuando me azuzan las verdades, que no sé detenerme y en medio del desastre no puedo dar la vuelta, que hablo como un carrero si no estoy dando clase, que no me río mucho y tengo la ironía como sable para cortar cabezas. Por eso cada noche caliento mi brebaje y lo ingiero hasta hartarme. No hay planta más perfecta que el zapallo.

2 comentarios:

Anónimo dijo...

Cuentan los que saben que existe una contra pócima, que anula los malos resultados de esa planta imperial que solo tiene sentido en el hemisferio norte cuando la vacían y le dibujan muecas. Único objetivo valedero, ya que su objetivo final no es comerla. La infusión que logra liberar a los esclavos del nefasto innombrable naranja, no los convierte en princesas o príncipes, simplemente le quita las lupas (esas que hacen que uno se mire y se observe más alla de lo necesario para sobrevivir en un mundo con ciertos problemas de convivencia), y lo más importante las culpas, esos ingratos pensamientos que aparecen después de los hechos. ¿Si ya saben que tienen que hacer su entrada, por qué no lo hacen antes, con tiempo para ser descartados y evitan momentos incómodos posteriores?. Esta bebida que logra liberar a los prisioneros de las calabazas rastreras es un té que se consigue a partir de una bella planta, erguida y con hermosas flores: la rosa mosqueta. Se sabe, porque todo termina siendo público que la redactora de este blog viaja cada año a la zona donde más abunda la benemérita planta, una y otra vez lo hace con la intención de beber su té. Pero aun no ha logrado juntar el coraje, tiene tiempo, al menos 11 años más

Anónimo dijo...

¡ay! julieta, por qué te preocupas por convertirte en princesa ? si, ¿"todas íbamos a ser reinas"?, al menos eso dijo la Mistral y yo creo que tuvo mucha razón en decirlo con toda propiedad, sólo que esa conjugación verbal nos jugó una mala pasada, " íbamos ", cambió nuestro futuro.
yo sé exactamente porque no llegué a recibir la corona, es que estaba cocinando, o lavando, o haciendo alguna tarea escolar con los niños, o tal vez haciendo las camas, la cosa es que nunca llegué a la coronación, y como entiendo poco de reinados ,creo que antes de ser reina hay que ser princesa, y por lo vivido hasta hoy, solo fui princesa en mis sueños, tal vez hasta en los de mi padre.
Entonces julieta, seguiremos en nuestros afanes, sin castillos, sin dragones, y no comeremos perdices, aunque eso infelicidad no implique.
ademas entre princesas y sapos, me quedo con hombres.
disfruta tu sopa de calabaza a toda hora.
saludos desde la cintura còsmica del sur en donde mi ruca azul puede mas que todos los castillos juntos.
tole.

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