martes, 29 de julio de 2008

Ríos

Ayer fue un día raro, extenso y fatigoso.
He pensado mucho en vos -y sonaban boleros caribeños en el fondo-.
No había luna, lloviznaba y el día creció gris, tan gris que se moría de tristeza.
Recordé aquellos días en que vos me abrazabas mientras atrás el río se fundía en un atardecer naranja y verde.
Recordé las mañanas de la calle Monroe cuando hacía un calor pegajoso.
Y vi la orilla que se iba alejando.
Lloré.
Deseé llamar para decírtelo, pero recordé que nos habíamos recetado un tiempo de silencio.
Te quise mucho ayer.
Te quiero hoy.
Tal vez un poco menos.
No lo sé: aún restan muchas horas de este día en que estarás viajando hacia tus campos.
En esas horas el amor puede aumentar o desaparecer según naufrague mi corazón al este o al oeste.
Así de lábil soy.
Éramos tan buena gente, nosotros. Y perdimos la senda que hacía de las profundas diferencias complementación.
Extraño la tibieza de la noche y sólo quiero un silencio donde nadie ya me diga cómo yo debo ser.
No sé remar contra la corriente de ningún río y menos contra lo que yo soy.
Qué lejos quedó todo.
Qué dolor.

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