lunes, 11 de agosto de 2008

Diario de viaje

7 de agosto de 2008 20:00 horas.
Las caras son tostadas. Los cabellos son lacios, siempre lacios. Esta gente no lleva rulos y portan bolsas de marcas carísimas con naturalidad. No es gente como uno. En realidad nunca es gente como uno, jamás la gente es como uno. Yo tampoco soy igual a ellos. Una beba, cuyos padres están sentados detrás de mí mientras esperamos para abordar, mete sus dedos sucios de yogur de vainilla entre mis bucles. Sus padres hablan entre sí sin prestar atención a la perfumada crema de peinar saborizada que su hija desparrama en mi pelo. Me corro más allá y la beba se desplaza con una vocación de coiffeur que sorprende por lo temprana. Claro, es que en este mundo no hay bucles y la niña está maravillada con la novedad que le ofrece mi cabeza. Al lado mío, se sienta una señora mayor con cartera de Gucci, muy barrio Parque, que tuvo que haber votado a Macri, con seguridad o cuanto menos a López Murphy. Hay adolescentes que leen revistas en inglés y llevan relojes que parecen caer de sus muñecas, pero se ve que hacen deportes de riesgo –se les nota en la mirada entre desganada e intrépida- y pueden sostenerlos airosos. El buque sale con media hora de retraso. Siempre me sucede cada vez que voy a Uruguay así que estoy resignada. La única vez que todo salió bien con Buquebus, entraron ladrones y vaciaron mi casa, así que prefiero salir con tres días de retraso de ser necesario. Una también llama a los dioses de los azares para que conjuren cualquier imprevisto. Pienso en Cecilia, su llanto, su terrible desesperación. Me gustaría tener algún dios a quien implorarle para que cese todo su mal denominado cáncer. En unas horas llegaré a Montevideo y volverá a suceder el reiterado milagro del amor infantil.

7 de agosto de 2008 23:32 horas
En la 18 de julio, las putas se pasean de a dos por las esquinas. Hace un frío de Polo Sur y Polo Norte sumados. Algunos hombres caminan por las veredas anchas de la avenida. Ellas están envueltas en chales y por debajo asoman unas piernas cortas apenas tapadas por minifaldas rosadas. Están de a dos, tomadas del brazo, y recorren las esquinas de izquierda a derecha y de derecha a izquierda. Nadie repara en ellas y en la soledad de una noche de agosto con el frío al cuadrado de los Polos. Triste noche la de las putas de faldas rosas y tacones altos de Montevideo.

8 de agosto de 2008 14:30 horas.
Los nenes de Neptunia están en los almohadones esperándome. Les llevo un libro de cuentos y unos chupetines con formas de corazones colorados que deben tener gusto de frutilla. Luca me muestra todo el jardín con una alegría que lo desborda: su perchero, las dos estufas, su sala, la mesa de la merienda, el rincón de los juegos, las macetas con plantas que recién están asomando. Cada una de las cosas que forman su universo cotidiano. Me mira absorto mientras mi voz deshilvana el cuento. No me quita sus enormes ojos verdes como si viera más allá de lo que yo digo. Están todos, pero el cuento sólo sale de mi pecho, de mi garganta, de mi boca para él. Se le tejen mis palabras como caricias al cuello tibiecito que horas más tarde se dormirá junto a mí.

8 de agosto de 2008 17 horas
Voy a buscar a Luca y Miranda al jardín. La mamá se tuvo que ir y no regresa hasta el domingo a las 14 y mi hermano, su papá, todavía no salió de trabajar. Caminamos tres cuadras de tierra con el sol en las espaldas mientras miramos las sombras larguísimas delante nuestro que nos hacen reír. Con mi hijo jugábamos a pisarlas de vez en cuando si ellas nos le permitían. Luca pregunta todo el tiempo por explicaciones que disfrazo de versos. Llegamos a la casa, me hace leer otra vez su cuaderno. Me regala un dibujo de flores para que yo pegue en mi pared. Jugamos, escuchamos música y bailamos. Al rato llega mi hermano y lo llevamos a la fonoaudióloga. Volvemos para que yo prepare la cena y él se mete en mi cama para mirar libritos y se queda dormido mientras yo le acaricio la cabeza. Mañana se despertará en otra cama y volverá para meterse en mi acolchado otra vez.

9 de agosto de 2008 15 horas
Luca y Miranda tienen un cumpleaños. La nena se llama Ainara y el hermano, Kenai. Tomamos jugo de frutas exprimido y comemos empanadas y pizzas integrales con tofu derretido. Los hombres visten casacas tejidas y cabello largo y lacio y las mujeres trenzas y faldas hasta el piso. Todos tienen zuecos, sandalias de cuero con medias de lana de ovejas y adornos tejidos en el cuello y los cabellos. Los niños hacen rondas y dan gracias a la tierra generosa. Luca los mira a la distancia y pide por los globos de todo cumpleaños que se precie. Cuando volvemos a casa pongo un pollo al horno con papas y mis sobrinos se comen tres platos. Vuelvo a leer cuentos y los chicos se van durmiendo uno por uno, inclusive mi hermano.

10 de agosto de 2008 18:15 horas
El micro se va. Atraviesa Montevideo hacia Colonia en un cielo celeste cruzado de nubes que son como trazos rojos fosforescentes. Dejo atrás tres días y miles de imágenes que se anudan a mis células. Espero volver pronto. El perfume de la piel dormida de mi sobrino es una aguda necesidad. Anochece con la seguridad con que la naturaleza traza sus ritos. El alma humana desgasta sus pasos con delicada inseguridad. Es volátil la especie y sutiles los lazos que nos unen. La sangre que me anuda a estos niños late igual de roja que otras tantas y, sin embargo, sólo yo sé cuál es el tempo exacto de cada pulsación. Todos nos hemos reído en estos días más de una vez. Eso alcanza para alcanzar ahora la eternidad.

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