domingo, 3 de agosto de 2008

Domingo en el borde



Es madrugada aún y está todo en silencio, oscuro y frío.
En la sala titila la pantalla como una luz azul en medio de la noche más antigua del mundo.
Bosques sagrados de limoneros y naranjos bordean mi memoria junto a los templos sagrados de las primeras diosas.
No es la luna, no; sino la verde cazadora deslizándose por los vidrios de la medianera para hablarme con la lengua primera de las lacedemonias.
Ya cayeron los peplos ensangrentados de Afrodita y la casa se inundó con su espuma liviana.
La sacra esposa me ceba mate y ordena los eventos;
mientras atrás revolotea una lechuza de ojos verdes.
Proserpina se hunde en su reino invernal y vuelve, siempre vuelve, en el tallo ondulante de las amapolas enrojecidas.
Se agitan las ninfas con sus cabellos de trigo y quiebran su talle delgado para envolverme.
Nunca estoy sola.
Yo también tengo mis lares, mis manes y penates.
Van variando sus rostros, pero jamás se apagan.
Yo mantengo encendido el fuego del hogar que los sustenta.
En medio de las ruinas,
en medio de las huecas y pobladas soledades,
en medio del vacío y la tormenta,
cuando ya nada dice,
cuando ya todo calla,
cuando el frío teje carámbanos de pena,
yo mantengo la llama:
siempre alguien precisa de mis manos de lana, de mis besos de madre, de mi aroma a violetas.
Ellas lo saben y se disfrazan con rostros amigables, pero vienen de lejos y han estado siempre como lo están las deidades antiguas de la Hélade, junto a mí, en los bosques sagrados de mi carne, en la fuerte fragilidad de mi templanza, en la austeridad de mis temblores, en mis comidas, en mis palabras, en la luz transparente de mi memoria.
Ellas están como las diosas de pueblos infinitos que ya han muerto y que nadie venera.
Ahora las arropo porque duermen y sólo titila la luz azul de la pantalla.

No hay comentarios:

Related Posts Plugin for WordPress, Blogger...