lunes, 18 de agosto de 2008

Él duerme

Ahora él duerme. Entre sueños, abre sus ojos azules y me dice si quiero ir a desayunar. Yo pienso en un vergel de flores y frutas perfumadas y, entre canastas, estoy arrodillada mientras voy arrojando adentro naranjas, uvas, jazmines y algunas fresias amarillas y rosadas. Hay sol, mucho sol de invierno que es manso y familiar. Es tan extraño el tiempo, hace ya tantos días que no amanecemos para algo que no sea ir a trabajar. Cerca está el río que trae un aroma mojado y vegetal. De todas las palabras que alguien debió decir quizá el goce era la única posible. Debo desinstalar mi cabeza que ruge como una bestia traicionada y entregarme a la efímera sensación del no importa qué suceda después. ¿Quiénes saben los días venideros sino los oráculos que quedan vencidos en tierra argiva a fuerza de callar para siempre jamás? Los hombres son seres complejos que sólo desean una piel transparente y unas manos de madre que sepan acariciar. La rueca hila filamentos de oro que a veces no sé destrenzar. Creo que hace dos años que no dejo de llorar y querría poder tener alas de cristal adheridas a la espalda delgada para aprender a volar. Sólo después las nubes serán volutas livianas que yo deba atravesar para vivir. Ahora él duerme y se agita en su sueño como si fuera un niño. Mi mano en sus cabellos lo calma mientras no deja de soñar.

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