domingo, 31 de agosto de 2008

Mariposas amarillas



















No sé por qué sortilegio he vislumbrado a través de los poros los fragmentos dispersos por las últimas lluvias.
Esta temprana primavera que sabe a sol furioso y a los flores veraniegas en agosto me ha dado una rabia impertérrita y deseo arrancar a mordiscones lo que ya ha muerto y despojarme para quedar vacía bajo el agua que cae y cae y cae desnudándolo todo.
Como efímeras campanas de cristal y de plata subsisten ciertos ritos sonando en el tiempo que se aleja hasta que un eco nuevo se traga al otro eco que boquea falto de oxígeno y de azul.
Mis lares arden en la temprana madrugada con las ramas aún verdes del bosque sagrado y debo hacer las ofrendas votivas para una nueva temporada de siembra.
Si todo fuera tan sencillo como soplar, las botellas tendrían exóticas formas inventadas para sorpresa de los ojos extranjeros, pero yo sé y otros también que el níquel se desvía según su propia y exclusiva voluntad.
¡Cuán difícil es soltar las amarras de las naves para verlas partir serenas en las aguas verdes del mar!
Ahora sopla el viento cálido de un septiembre a punto de llegar y yo, en la orilla, pienso cómo será disponer de todo lo que espera de todo lo que aguarda de todo lo que está allí a ras del suelo oscuro y fértil.
Miles de mariposas amarillas hacen nido en los bordes de mis párpados y entonces veo el mundo de otro color.

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