domingo, 31 de agosto de 2008

Mi madre

Mi madre tenía un rostro de arena blanca y unas manos de alambre. Sus abrazos eran tapados de puerco espín que sólo otorgaba de vez en cuando y yo nunca tenía el número ganador. Olía a balcón abierto por donde sus gritos se despeñaban o a puerta cerrada en un silencio que yo nunca podía comprender. A su lado mi vida era una eterna justificación de lo que yo deseaba y un sentimiento que se cubrió de conceptos para que no me hiciera sufrir. Mi madre era pequeña, apenas 150 centímetros, pero yo la sentía gigantesca en la desmedida ambición de su demencia que todo lo ocupaba, que todo lo arrasaba, que todo lo acababa. Hubiera sido mejor que ella cumpliera sus promesas tempranas de dejarnos. Así mi infancia habría tenido la imperfección de todas las infancias, algo dulces, algo salobres, llenas de altibajos saludables; pero no, ella la hizo perfecta con su enorme colorido negro... ¿Quién podría sufrir como mamá? ¿Quién podría ser siquiera la sombra de su locura alguna vez? Y desde lo alto de un escenario ensangrentado, ella me decía cada cosa cómo debía ser. Las gorgonas sacudían sus cabellos de medusa y yo no quería ver, pero la vi y me volví de piedra, de fría piedra para siempre aunque me acerque al fuego en busca del calor que ella no me quiso dar.

2 comentarios:

Anónimo dijo...

esta me gusta menos... ;-)

tambien
el enano from Mars

che le dije à Maïa que venias, pero dentro de 3 meses y que no empiece à decirme "cuando" todas las mañanas... asi que me dijo
- "bueno, entendi... para Navidad viene ?"
- "si, Maïa"
- ... y à que hora ?

...pfffff

;-)
un besito

lulina dijo...

todos tenemos una madre...
yo creo que tengo dos... pero shhh.. no le digas a la primera que tuve porque se va a poner celosa de vos.
te quiero como madre y como amiga.

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