lunes, 25 de agosto de 2008

Mis hermanos

A veces me preguntó cómo fueron en realidad las cosas que decimos recordar. Chac chac han cortado las tijeras de la memoria para lograr un relato que sea soportable. Veo a mis hermanos hoy, me veo a mí y algo nos diferencia la mirada y me pregunto dónde nació nuestra marca. En medio de la locura de mi madre, en medio del miedo de mi padre, ¿dónde nos hicimos distintos? Las cosas que tuvimos, la dedicación imperiosa a nuestra propia supervivencia en el huracán silencioso de la demencia, los ritos de lo cotidiano, las tías protegiendo lo que quedaba de nosotros, ¿dónde nos hicimos distintos? ¿Por qué yo persisto en intentar tejer los lazos con lo que quedó de mi familia como si en eso residiera un antiguo secreto de felicidad? Todavía pienso que hay algo de verdad en la sangre que nos une, algo de memoria instántanea de felicidad, lo único que podrá redimirme de no sé bien qué espantos. Nada hay que mitigue esa pena pretérita que no sean mis dos hermanos, nadie puede como ellos , con su negarse a hacer historia con el recuerdo, librarme de los dragones que me asaltan. Su contacto, sus voces, traen a mi alma los bálsamos que debo haber perdido y necesito de aquellos días cuando la casa de la calle Plaza se desplomó en el día de los destrozos y los gritos. Mamá no habló durante noventa largos días y escribía en papelitos sus efímeros deseos, mientras yo hervía leche, hacía sopas e intentaba que Mariano y Pablo fueran casi felices como lo intento ahora, como lo intento siempre, porque eso alivia los propios dolores que yo siento, que siempre siento, que me persiguen como avispas en medio de la noche neblinosa de la memoria.

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