martes, 12 de agosto de 2008

Punto y aparte

De pie o casi moribunda,
sobre los tejados resbaladizos de la lluvia o bajo los muros rajados de la desdicha
los párpados se entrecierran y adormecen.
No hay nada en mí que sepa a cepas olvidadas de tristeza:
tengo el regusto amargo de las verdades, las evidentes, las que sentí el domingo casi al filo del lunes.
Por más que intente disfrazar la distancia con los ropajes coloridos de las pieles y los perfumes ya nada es igual.
Comienza a perfilarse un abismo vacío donde estoy sólo yo y aceptándolo, ya sin dolores, ya sin remordimientos, casi en un atisbo de resignada sabiduría y pertenencia a mí misma más allá de los aires con que intento resistir esta muerte.
La ilusión, cuando se pierde con mansedumbre, es una forma de ver la descarnada forma de las sustancias íntimas.
A la larga, siempre alcanzo a comprender que yo deseo lo que está más allá de este cuarto, de estas sábanas, de este relato que tiende a encriptarse otra vez en sí mismo.
Las diferidas comas anticipan el definitivo punto y aparte donde todo termina y al texto sólo le queda la rebarba que debemos borrar para que quede redondo y majestuoso.
Maravillosa zona del recuerdo donde se anuda todo hasta la planicie final que espera en la memoria.
Es así, indefectiblemente: todo se acaba con un suspiro que lo prolonga hasta que el aire se agota y hay que volver a abrir la boca para respirar.

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