miércoles, 10 de septiembre de 2008

Bariloche bajo la nieve. Cuarta temporada. Episodio 2



Suena Jijiji y se desata. A mí se me da por el pensamiento. Y pienso, como siempre, en Grecia. Y adviene a mi mente el furor dionisíaco al ver a los adolescentes enfurecerse con el sonido de Los Redondos. En medio del tumulto arman rondas con la superficie circular vacía que alguno cruza en un alarde de coraje individual, como si debiera mostrar al grupo cuán valeroso es en su desafío al transgredir el espacio perfecto como todo lo que está para ser llenado. Y de repente ante una orden que nadie da, todos se lanzan al centro para chocar sus cuerpos unos contra otros en un ritual que me hace pensar en sátiros y bacantes en las verdes colinas del Peloponeso. Pero mientras aquellos buscaban la posesión divina, el contacto con el dios que había sido despedazado y vuelto a la vida (mi pensamiento ahora se dispara para aquel medio fraile que por el camino de la tensión corporal -que si no hacen estos chicos alcoholizándose- buscaba desprenderse del lastre que era su carne para hallar en su vuelo lo que su alma tenía de sagrado), estos chicos buscan una satisfacción inmediata que los exalta, que los estremece. Hay sudor, gritos, risas y no puedo dejar de imaginar qué poca cosa ha de resultar para ellos un libro que requiere silencio, concentración, esfuerzo por conquistar un sentido siempre esquivo que no da gozos inmediatos y completos. Pienso que no tengo ninguna chance porque yo les marco un camino que posee meandros, sitios para demorarse en el contacto con uno mismo. Nada más solitario y aislado que la imagen de una persona que lee, encerrada en un universo en el que sólo caben él y su texto. Aquí todo es hacia afuera, roce superficial con los otros cuerpos, nada que perdure demasiado, nada que los conecte de verdad con nadie, sólo puro estremecimiento de superficies y furores sin ninguna trascendencia posterior. Ninguna senda que lleve hacia ningún sitio que yo pueda, al menos, reconocer. Creo que yo permanezco aún inmersa en los relatos de la modernidad en los que el esfuerzo y la superación intelectual eran la senda mística para alcanzar la meta del progreso individual y social. ¡Qué lejos he quedado de estos chicos que viven en un eterno carpe diem de piezas inconexas no porque lo sean sino porque nadie siente la necesidad de darle una coherencia intelectiva! Yo miro desde la orilla cuando antes estaba sumergida en la corriente de las aguas y cada tanto solía emerger. Ahora ellos duermen y yo escribo. ¿Quién será más feliz?

1 comentario:

Anónimo dijo...

Juli: la verdad es que a mí no me da por pensar en Grecia, pero sí en que con tanto punchi-punchi se pierden lo mejor de la fiesta: "los lentos". En este aspecto, creo que nosotras en nuestra época, la pasábamos un poquito mejor.
Besos y pasala lindo
Majo

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