martes, 2 de septiembre de 2008

El hombre que lee



Colectivo 111, seis de la tarde, voy sentada en el asiento de atrás. Acabo de tener terapia y la cabeza se me mueve un poco de lugar. En Palermo sube un señor, sesenta años, mochila a la espalda que apoya en el piso y manos de obrero de la construcción. Tiene la piel del rostro curtida por el aire y la espalda ancha y vencida. Se apoya contra el caño de la puerta para descender e inclina el cuerpo para abrir su bolso que quedó entre sus pies. Saca un librito rectangular de tapa lustrosa que ilustra una imagen del foro romano. Cierra el cierre y se vuelve a erguir. Abre su libro que se titula Roma y acaricia la imagen de unos vasos votivos y la archifamosa de la Loba Capitolina. El hombre lee sobre una lejana ciudad, que quizá jamás llegue a conocer, lee con dedicación amorosa, sujetándose como puede para no caer, lee pacientemente y pasa sus dedos curtidos sobre las imágenes de sitios fantasmagóricos donde otros viven y vivieron hace miles de años, lee sobre un imperio que le dio forma al mundo y sobre un mar que hizo la historia, lee sobre el sueño incommensurable de un poder. El 111 frena y él debe cerrar su libro para no caer. Siento tanta ternura que le cedo el asiento para que pueda leer sumergido en esa abstracción que siempre hace de alguien un buen lector. Me agradece asombrado y yo no lo vuelvo a mirar. No deseo perturbar su intimidad.

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