miércoles, 24 de septiembre de 2008

Las horas


Me levanté tan temprano que estaba oscuro. Me duché, tomé mate, controlé mi correo, me hice un licuado de frutillas, yogur y jugo de naranjas y una tostada de pan negro con mermelada de grosellas. Tomé una taza de café. Ya era de día cuando salí a la misma hora en que tres meses atrás todavía era noche cerrada. Me dio alegría caminar a esa hora en que nadie está en la calle y ya hay luz para que las cosas se vean diferentes. Las chicas de la verdulería de enfrente acomodaban mandarinas y tomates y todo parecía fresco. Observar cómo se ha adelantado el sol me deja ver que estoy en una ciudad enorme pero cerca del mismo amanecer de una laguna. El 71 venía vacío y me senté a leer. Cuando vi la torre de la iglesia de Nuestra Señora de la Guarda toqué el timbre para bajar. A veces una rutina puede ser perfecta y salvadora. Siempre lo mismo puede tener su encanto porque permite verificar las diferencias que, de otra forma, pasarían desapercibidas. Sé que he aprendido algo nuevo: las horas son sutilísimos hilos que se enredan en el vuelo del viento para hacer trepar a la cometa de la vida.

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