martes, 16 de septiembre de 2008

Migración


Pasan miles de hordas y la tierra queda plana de ternuras. Ni los pobres herbajos que solían consolarnos con sus tallos flexibles. No tengo calma ni remansos donde el agua vuelva como una sombra a perfumar el aire cristalino. Pasan los guerreros con sus corceles ensangrentados y arrasan los poblados con sus teas en los techos de finas maderas negras. Las pobres niñas se amontonan en el fondo oscuro de las chozas, pero no queda nada. Hasta ellas sucumben a los efectos hechizadores de la desdicha. Nada me pertenece de estas tierras humeantes. Nada me queda de lo que antes eran ciudadelas de barro sobre verdes colinas. No hay sino pedazos de bestias vueltas carroña para los buitres desplumados. Deambulo una y otra vez por los mismos sitios desolados donde esperan los brotes de una lejanísima primavera. Los lobos aúllan en las laderas nevadas de las montañas donde el aire gris se vuelve azul y melancólico. Ambiciono otros reinos -los que jamás alcancé a poseer, los que no tienen dueño- y cargo una valija de secretos con los mapas que me conducen hacia ese sitio que siempre está alejado y más allá de todo recorrido. Debo partir: de mi tierra ya no ha quedado nada y, como siempre, me he vuelto forastera.

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