viernes, 12 de septiembre de 2008

Otra visita virtual


Todos esos silencios eran iguales a otros silencios anteriores y entonces comencé a pensar que ya era hora, lejos de la tragedia del abismo porque para qué estar cuando no se necesita la demora ni se desea la espera. Una lisa medianía en torno a los muros de la ciudadela que conquistaron antaño otros condes en medio del frío del invierno. Y yo miraba a ambos lados de la torre donde se cocinaban los caldos y los guisos y alguien asaba un pastel de faisán cazado hacía pocas horas en medio de la bruma de septiembre en un bosque de hojas oscuras y fogatas dormidas. ¿Para qué estamos acá?, me dije, si no hay ni enemigo o amigo a la vista y ninguna lanza lleva mi insigna prendida como un pañuelo en medio de la brisa. El foso era una boca ancha que iba abriéndose con el correr de los días y de un lado y otro de los muros las lizas eran tierras yermas donde nadie sembraba porque no era el sitio indicado para la fertilización sino espacio defensivos que no supimos transitar para allanarlos. Ni vos ni yo tenemos ya recuerdos. La memoria se circunscribe a escasos episodios en la nieve de enero, inexistente en nuestros hemisferios. Ha sido todo bueno, una cuestión de pretéritos perfectos. Podrán decir que emigro, es cierto. Pero mi alma está en continuo movimiento. En las torres de la ciudadela agito mis insignias: azules como lavandas en medio de la bruma de los bosques matinales. Soplan humaredas en medio de las ramas. Los ejércitos se retiran. Ha sido un torneo encantador, pero no ha sido este. Buenos días y hasta más verse.

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