domingo, 5 de octubre de 2008

Corazones disímiles


La noche tiene un silencio espeso y solitario y las risas se rompen contra las copas. Huele a jazmines y a comida en la oscuridad poderosa. La piel se abre a una boca que se derrama demorada y perfecta entre los pliegues taciturnos de la sombra. Veo tus manos, últimas y primeras, y la luz clara que reflejan tus ojos como piedras de agua en medio de la hora. No puedo hablar porque el cuerpo se quiebra en la emoción violenta de la voz que se busca y se encuentra y se halla cálida y recordada. Conozco los caminos para encender la lumbre y podemos ovillarnos a su calor como entonces. Fuera los minutos revientan contra los murallones del mar, pero acá, entre nosotros, el tiempo ya no pasa. Se ha detenido para siempre y yo me río. Sube la selva con todos sus tambores a habitarnos y vaciarnos los cuerpos. Después nos dormiremos envueltos en los brazos y nadie dirá nada porque sólo latirán nuestros corazones disímiles.

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