lunes, 13 de octubre de 2008

Deseo estival

Después hoy me quedé y llovía esa suave garúa sobre mi techo abierto en el que la tormenta despegó las enredaderas que yacían adheridas al muro. Ahí estaba contra los colores de las paredes esperando que empezara la primavera para dormir otra vez bajo las estrellas. El día ya se acaba y mañana volveremos a lo que hacemos siempre. Creo que estoy feliz. En mi cocina hierve el caldero con la sopa y vos dormís, ausente de todas las cuestiones. Pienso ahora en mi viaje como una próxima realidad que se acerca a grandes zancadas y no me permite ya fantasear. Se me cayeron encima los días de octubre y la maleta está ya llena de ansiedad y temor. Cuando me lleven a Ezeiza y suba en esa calurosa Navidad a mi avión, todo caducará y empezará adelantado otro año para mí. Por ahora esponjo los vestidos de organza, las medias de seda y me preparo otra vez para bailar con mis zapatos de tacones. Trazo dibujos en las baldosas brillantes con mis tobillos finos y se me mezcla el aire entre las piernas cada vez. Eran libélulas las que volaban como alas en mi espalda delgada y se quebraban en los juncos de mi cintura con la música lejana del piano que sonaba en el anochecer. Vuelvo a reír pero mis ojos están limpios y claros. No sé qué estarás pensando en este instante y creo que nunca podría importarme menos. Hace calor y amontono abrigos en la maleta con cierta melancólica resignación. Así soy: cuando me voy a otro invierno sólo deseo el verano sobre mi piel. Tal vez sea la perenne falta de aceptación de la realidad que me toca atravesar.

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