sábado, 11 de octubre de 2008

La dueña de las palabras

Y Scherezada dijo:
Oh, mi señor, sultán de mi mente y mi corazón, ha comenzado a llover y la luz de la tarde se moja oscureciéndose hasta desaparecer. De la tierra sube un profundo perfume a raíces que se hunden en los terrones y acá, nosotros, tendidos en el diván de este palacio de bronce, oh, mi señor y dueño de todos los tiempos, oímos caer el agua una vez más. Cuentan los que saben que el joven estaba encantado y su cuerpo era mitad de carne y mitad de mármol por culpa de una mujer que amaba a un esclavo negro. Quien narra semejantes historias sabe qué secretos se ocultan en el alma de los mortales, conoce los sonidos oscuros de las tormentas que son quebradas por la claridad cristalina del rayo. Oh, mi señor, soberano de todos los días, oye las gotas deshacerse en la tierra que las bebe ávida y aprende que así es mi amor de poderoso. Ya dirá otra muchos años después que yo lo diga, que mi amor es tan profundo como el mar pues cuanto más se entrega, más queda porque uno y otro son infinitos. Oh, mi señor, tejo una tela preciosa con mis palabras y nunca te dejaré caer. No habrá silencio aunque estemos callados porque todos los relatos existentes en la tierra anidan en lo más rojo de mi corazón.
Y como viera Scherezada acercarse las luces del amanecer, pidió permiso al sultán y calló hasta el próximo anochecer.

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