martes, 7 de octubre de 2008

La pleine lune

A esta hora de la noche hay un aroma denso de jazmines que sube de la tierra mojada. Hace un fresco calor primaveral en un octubre que se enciende suave y perezoso. La Santa Rita está brotada de furiosos morados. Me siento a oír cómo pasan las horas sobre mi piel dorada. Tengo una jarra de agua fría que bebo cada tanto y el líquido helado cae mojando las paredes internas de mi cuello. Alguien canta y en el jardín de al lado alguien toca el violín como todas las noches. Envuelvo mis piernas con mis brazos y me dejo mecer. Tengo un recuerdo exacto de este instante. Yo hablaba mientras el fuego se encendía en aquella esquina y te reías. Era verano, como siempre en todos mis recuerdos de terrazas. Hace un rato me llamaste y hablamos de autos viejos y coupés de dos asientos. El gato del vecino se pasea por la medianera y se apoltrona en el techo del cuarto. Se levanta una brisa desde el este que tiene olor a río. El jacarandá de la vereda tiene flores lavandas que caen en diciembre. Aún falta y yo estaré tan lejos que no las veré morir. Allá, donde yo vaya, habrá nieve y cuando regrese será el calor insoportable de febrero, tan diferente a esta tibieza primaveral. Es una perfecta noche de luna sin palabras. No hay que tentar al mundo. Puede enfurecerse y temblar.

2 comentarios:

Macachines dijo...

por fin la Santa Rita te da flores.. toda una señal.

Juanca

Julieta Pinasco dijo...

Juanca: lamento comunicarte que es otra Santa Rita. La de mi guerra ya está seca y muerta desde hace tiempo. Toda una señal también.
besos
Juli

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