jueves, 2 de octubre de 2008

Las partes litigantes y la verdad

Quizá fue antes, en una prematura hora en que no era el tiempo todavía. La cuestión es que fue y el guante lanzado al aire no quedó apoyado en la acera. Alguien lo recogió y redobló una apuesta hecha de confusiones y lamentos. Lo que era un reclamo, a su manera, es decir indirecta y torcida, fue excusa suficiente para un adiós. Los escribas recuerdan haber oído y anotado que alguien había dicho que se podía contar hasta cien mil con él y que era prenda suficiente y extensísima de su amor. A renglón corrido indican , con su letra elegante y en tinta azul, que nada semejante sucedió. De lo cual derivan, con cierta lógica profesional acostumbrada al entramado de efectos sucesivos que, o alguno de los contendientes estaba sordo, o tan sólo alejado, y oyó lo que nadie había osado decir; o simplemente, que en el fragor del dolor despuntado se enuncian muchas cosas que, luego, no se está en condiciones de cumplir. La cuestión es que, cuando una de las partes en litigio, solicitó colaboración a la otra, esta última miró hacia otro lado y silbó bajito no sin antes ser de una perversa amabilidad, cosa que, mirándolo bien, escriben los escribas, siempre había sido igual. Razón por la cual, la primera de las partes litigantes gritó, lloró, escupió y habló de bastardía, cosa que no era nueva y ya había sido dicha siempre en tono de sorna hasta ese preciso instante en que la risa se hizo una mueca de patética angustia. No hay como los anales de la historia para entender los motivos perentorios que originan las caídas de tantos imperios que se dicen poderosos y no son más que gigantes con los cimientos hundidos en las aguas pantanosas del barro. Escriben también dichos relatos que la primera de las partes litigantes, la que creía con la pureza ingenua de su corazón que las palabras siempre enuncian las verdades de los enunciadores y que no sirven para ocultar la esencia verdadera del que habla, escriben ellos, que en esa ciudadela los puentes se cerraron y se anegaron los pozos, que las zarzas crecieron y que nunca más se volvió a hablar de ella en los siglos venideros. Que sea así.

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