martes, 14 de octubre de 2008

Pienso, luego siento


Yo pienso en corazones de sangre espesa, en pájaros que abren sus alas en estampidas hacia el cielo azul. Yo pienso en lagunas naranjas, en ángeles y en hadas, en mariposas incadescentes y en tazones de sopa humeante. Yo pienso en tres niños que huelen a sudor de verano con ese olor de niño aún, en caramelos de fresa y serpentinas doradas. Yo pienso en ropa de seda, presillas y bordes de encaje y broderie, pienso en sábanas blancas y en viento fresco que entra por la ventana, pienso en rutas atravesadas en vuelos fugaces hacia allá lejos, pienso en el mar siempre distinto y siempre igual. Yo pienso en el sol de lleno sobre mi piel y en los jazmines de mi terraza mientras vacío una jarra de agua fría, pienso en bailar y en mi cintura fina como una cinta de raso. Yo pienso en miles de frutas y verduras de colores brillantes y áspero sabor, pienso en palabras y el placer del instante que se va mientras hundo mis raíces en el cuerpo que me habita. Pienso en mis hombres: en mi padre que ya no está, en mis hermanos que se fueron lejos, en mi hijo que no hace más que doler, en mi sobrino que me abraza con su boca dormida. Pienso en mi cocina, en mis plantas, en mis libros, en mi casa. Yo pienso -que esta vez es como decir que yo siento y siempre esa crucial confusión que me funda. ¿Por qué esta vez no habré dicho que yo siento? Yo siento que nunca paro de mezlar.

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