jueves, 9 de octubre de 2008

¿Qué nos está pasando, vida mía?


En estos días he sacado de su caja vieja, la medalla que mis padres me dieron cuando terminé quinto año, allá por el nefasto 1976. Es un antiguo medallón de plata que lleva la firma del joyero Antonio Belgiorno y representa a la virgen de Lourdes en medio de una corona de velones. Del otro lado, Cristo levanta a los muertos de sus sepulcros. Siempre me pregunté cómo fue posible que mi madre, militante política con un par de Devotos a sus espaldas por andar manifestando por ahí, eligiera para mí un regalo tan cristiano. Ninguno de sus tres hijos fuimos bautizados ni tomamos la comunión ni recibimos ninguna clase de sacramento. A los tres nos envió a un jardín de infantes judío donde aprendimos a usar el cuaderno desde el final y a escribir de derecha a izquierda y a una institución alemana a aprender música y danza. Eran curiosas, al menos, las apreciaciones pedagógicas de mi madre. Esos sí, los tres nos educamos en la escuela pública. Siempre pensé, entonces, que ella había elegido la medalla simplemente por su belleza, que el regalo estaba desprendido de toda significación religiosa y que la virgen era un presente de calidad estética per se. Sin embargo, tamaño símbolo no puede dejar de serlo, inevitablemnte. Una virgen de Lourdes es bella, pero, además, es, quiéralo mi madre o no, una virgen de Lourdes. Así que cada tanto, en medio de desesperaciones varias y a mi particular manera , le he pedido ayuda a mi virgencita. No recuerdo si la he conseguido porque el sólo hecho del ruego me ha reportado la calma que buscaba y alguna noche del terrible año pasado he llegado a dormirme con la imagen encerrada en mi mano. Es que la racionalidad absoluta agota y el psicoanálisis también termina siendo una cuestión de fe más, como tantas otras. Y así entonces vamos por la vida todos juntos: mi materialismo dialéctico, la enciclopedia, mi virgencita y yo. Y tan mal, a decir verdad, no nos ha ido porque después de atravesar infiernos varios y de colores y temperaturas diferentes desde muy temprana edad, acá estamos, todavía, de pie. El asunto cobró un giro diferente cuando ayer mi hermano Pablo me envía su última obra desde Marsella. ¿Qué nos está pasando, vida mía? ¿Creer o reventar?

3 comentarios:

Anónimo dijo...

A vos no se pero par mi restaurar el Jesus es como restaurar un Ronald Mc Donnalds !
solo que encontre un Jesus echo percha en fondo del patio de mi novia e ir a robar el payaso del Mc Do no me daba.

un beso !
el enano

Julieta Pinasco dijo...

Me parece bien que no te lleves el Ronald sin permiso. Por otra parte es mucho más feo ese payaso horrible. Con respecto a este y el otro mensaje: ya sabés, la complicada de este trío fraternal vengo a ser yo que siempre ando buscándole trascendencia a las cosas y haciéndome cargo hasta de mi subconciente. te quiero y eso es trascendente, pero, casualmente, simple.
Tu hermana, la gorda dificultosa
Juli

Julieta Pinasco dijo...

Y por favor seguí buscando Jesuses por ahí. No te robes el Ronald Mac Donalds que no te voy a poder ir a sacar de la Surete.
No al Big Mac.
Juli

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