sábado, 11 de octubre de 2008

Scherezada y los Schariar

Sábado. Siete y media de la mañana. Olor a primavera en el aire. Agua en las macetas. Fin de semana largo. Murmullos apagados en medio del silencio del corazón de manzana. La luz de octubre filtrada entre las enredaderas del vidrio del patio. Puertas abiertas de par en par. Hablamos hasta tarde. Hasta muy tarde. Tanto que ya era el otro día. Y me reí con el corazón como un conejo tembloroso que antes había llorado. Yo cosía en medio de mi alfombra de colores. Me preguntaste si era voladora y yo te dije que yo era Scherezada, la que narra para sobrevivir y salvar a las otras mujeres. Soy esa y me sé muchos cuentos empezando por el de nunca acabar. La cuestión es que a todos los Schariar la trama les resulta incomprensible. Ellos esperan complicación y resolución una tras otra y un narrador extradiégetico al que no se le dé por cambiar. Siempre pensaste que los sultanes no tienen corazón, dijiste y yo me puse a pensar. El pasado es, a veces, una manta que abriga bien porque sabe cómo cubrir los dobleces dolorosos del cuerpo. ¿Por qué no?, pensé entonces otra vez. Nadie sabe cómo cambiamos los que éramos antes. Nadie sabe lo que espera cuando los cuentos quedan sin final al caer el amanecer y Scherezada dice que mañana todo seguirá.

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