lunes, 13 de octubre de 2008

Un buitre en prisión

Tiene rostro de pájaro que baja sobre sus presas desprevenidas y se las lleva en el vuelo opresivo de sus garras antes de que ellas tengan tiempo de darse cuenta y gritar. Fue el "moderado" de los años oscuros de tormenta y se arrodillaba para rezar y recibir en su rugosa lengua de lagarto la ostia consagrada. Porque se las lavaba siempre no chorreaban sus manos la sangre que manchaba ante los ojos de todos al que llevaba pantalones blancos y era una bestia sedienta y alejada de toda formalidad. Parecía un abuelito en domingo que lleva a sus nietos a la plaza a jugar. Era siniestro por sus profundos silencios y su negro cinismo, por sus manos que dibujaban incógnitas en el aire mientras decía "desaparecido" como una brasa que le quemaba en la boca. Está ahora más cerca de donde debería estar: en una celda enrejada y no en los mullidos sillones de su calle Cabildo. Señor, líbrame del agua mansa y envíalo al infierno en el que debería acabar: que en ese sitio oiga los gritos de los adolescentes que mandó asesinar, el olor de la carne quemada y desgarrada, los aullidos de las embarazadas a las que torturó e hizo parir, el llanto de los bebés que robó con sus garras de ave carroñera. Que nunca más vuelva a ver la luz de la mañana en las ventanas de su casa mientras bebe un café.

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