miércoles, 5 de noviembre de 2008

Ella


Ella me ronda con su muro de cristales que se resquebrajan al primer viento soplando los vidrios a lo lejos. Ni me atrevo a nombrarla y evito las ocho letras que componen su nombre. Ella trae su traje, el viejo que yo conozco tanto, el que usaba en las cenas familiares mientras los platos volaban en una danza insólita y yo hundía mi nariz en la sopa que humeaba para no verla. Ella pasea impertérrita a mi lado con su blanca mano de dama que no deseo tomar porque le temo. Como una sombra se ha deslizado junto al lecho de mi hijo y le sopla oraciones que no alcanzo a comprender. Tengo un palo de lluvia y le han crecido hojas, verdes hojas verdes. Si continúa, tomaré el palo entre mis dos manos y golpearé su cabeza hasta que se abra y su humor negro se desparrame entre las baldosas y la tierra lo chupe hasta hacerlo desaparecer. Que ella lo sepa: todos nosotros somos poetas. Pero nada más.

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