domingo, 16 de noviembre de 2008

El tao del amor

He vuelto.
Después de muchos días.
Y tu mesa estaba tendida y esperándome.
Habías cocinado para que yo comiera alguna vez algo.
Me hablaste mientras serviste vino en una copa que tintineaba cuando chocaba contra el vidrio de tu mesa de colores y cuadros.
Dos veces me serviste.
Yo casi no hablaba y me reía como se ríe alguien que está volviendo a casa después de un largo viaje.
La noche era una esmeralda pulida de tan verde y acuática.
Sólo reía y tus sábanas estaban tendidas y blancas.
Me acostaste en tus brazos, bordeada por tu cuerpo.
Yo me reía como si fuera una niña pequeña.
Me hablaste de tus miedos y yo te escuchaba como si fuera siempre.
Mucho más tarde alcancé las orillas del sueño cuidada por tu abrazo.
Por la mañana lavé y sequé los platos de la cena.
Tu casa estaba en silencio y vos dormías en medio de la luz que crecía con la frescura primaveral de noviembre.
Leí mis libros mientras la cocina se llenaba de un aroma a café y a tostadas.
Después me fui, pero ya había vuelto a tus brazos donde estuve aunque no lo supieras porque me fui muy lejos, a territorios que veda la confianza y el cuidado.
Y pensaba que tantos años son una planicie azul llena de burbujitas donde nos gusta hallarnos.
Y me reí con el corazón cuajado de emociones tempranas.
Lentejuelas prendidas en el rayo de sol que me moja para seguir queriendo.

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