viernes, 21 de noviembre de 2008

Estado

No hay muchos secretos: cuando todo se aquieta y quedo sola, lloro a mares y en el llanto se purgan las condenas y el saber que no se puede más; pero se sigue como si más allá hubiera un río que yo debo cruzar para quedar a salvo de las fieras que me acosan con los dientes clavados en la carne para hacerla sangrar. Después creo que me dormí, exhausta de tantos pensamientos que como lanzas fulgurantes se hundían en el velo de mi piel y trazaban un hoyo por el que se veía el hueso, blanco como un marfil ensangrentado y doloroso. Tengo los pies ardidos de tanto caminar y un sudor frío que me moja la nuca. Hay fantasmas asidos de las cornisas que desean escupirme cuando me ven pasar. Las orillas de la desesperación están llenas de sanguijuelas verdes y más allá, cantan sirenas en pos de hundir los barcos de la felicidad. ¿Quién puede decirme que no es así?

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