viernes, 28 de noviembre de 2008

Hace calor

Arde la ciudad.
Todos gritan en mi cerebro.
Y los ojos se les ponen oscuros y opacos.
Detrás de las palabras crecen lanzas dispuestas a clavarse en mi pecho cuando yo diga algo que sea distinto a lo que piensan los demás.
Las llamas del infierno me condenan incluso antes de hablar y hay mil hogueras donde mi cuerpo irredento debería ser colocado para arder.
Soy la culpable de todos y cada uno de los males de este mundo.
A la sombra los pájaros se desmayan de calor y nosotros dos, mi hijo y yo digo, deambulamos en busca de la frescura de la serenidad. En una plaza nos sentamos a beber una botella grande y fría de agua mineral.
Todos podemos ser felices después, cuando cae la lluvia y enfría las conciencias fritas en la irracionalidad.
No hay exactos paraísos. Sólo la lluvia que cae y vuelve verde el mundo.
No es un mal plan trabajar y estudiar música. Nada mal.
Vuelvo sobre mis pasos para tomar el último subte del día. Otro más.
Quiero creer que los ríos vuelven a su cauce y sólo queda reconstruir lo que llevó arrasado la corriente.
Quiero creer en la capacidad de cambiar.

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